
Predicar y Progresar: Ese es el dilema
Por Rafáel Perez
Quizás el siguiente sea el artículo más fuerte y comprometedor de los que he escrito en este año, les pido que eleven su nivel de tolerancia antes de ponerle los ojos encima. Espero no haber escupido hacia arriba con estas letras.
Cada cierto tiempo vuelvo a soltar tinta electrónica visceral —soy fácilmente irritable en estos temas—sobre el asunto de la piratería de cultura cristiana. Regularmente les cargo el dado a los músicos y cantantes, pero ahora quiero ponerme yo, como escritor amateur, en su lugar.
De inicio aclaro que no pretendo defender a los oportunistas que reproducen un CD o fotocopian un libro para venderlo. Creo que eso está mal. A donde quiero ir es a aquello que hicieron los primeros escritores y cantantes cristianos y deberíamos seguir haciendo nosotros: copiar para compartir y extender la cultura cristiana.
Perdónenme este momento de locura o vanidad, pero he pesando en cual sería mi posición si estuviera en el lugar de aquellos que se ganan la vida vendiendo libros o CDS. Imagínense, mañana, un editor pierde el sentido de la realidad —sí, hay que estar medio desconectado para editar mis garabatos— y decide industrializarme, publicando los artículos que vengo, hasta ahora, dejando colgados en la red gratuitamente. Me pone unos cuantos dólares verdes en la mano y un contrato en letras pequeñas en la otra; me oferta hacerme famoso e «impulsar mi ministerio» —comercializarme, a fin de cuentas, como si de una lata de embutidos se tratara—. Tentadora la oferta.
Estoy casi seguro de que mi primera reacción sería matizar el asunto con argumentos bastante beatos, como «digno es el obrero de su salario», así llegaré a más gente, o: podré dedicarme al ministerio a tiempo completo. Pero para ser coherente con lo que vengo predicando, no debería seguirle el juego a la industria. Por seguir con el mismo ejemplo y dejar descansar un poco a los músicos; no veo problema en vender un libro, el problema estaría en limitar la difusión del pensamiento cristiano utilizando los abogados:
No está permitida la reproducción total o parcial de esta obra ni su tratamiento o transmisión por cualquier medio o método sin autorización escrita de la editorial.
Los mercaderes de la música y los libros necesitan predicar con un ejército de abogados al lado, la primera página que encontrarán en cualquier libro cristiano —Biblias e himnarios incluidos— es una reprimenda: si me lo copias violas la ley, no intentes leer sin haber pasado por caja. Ellos dependen de la oferta y la demanda, si mucha gente copia se supone que tendrán menos clientes, por lo que hay que controlar la cantidad de agua que sale del grifo. Es como si Pedro se administrara, predicando solo dos sermones por semana, de a cien personas por reunión y cada uno con tres monedas de plata en la mano —para mantener al obrero—.
Al día de hoy, cuando cada creyente tiene una impresora en su casa, una quemadora de CDS y una fotocopiadora a la vuelta la esquina, todos podemos poner nuestro granito de arena para crear y difundir cultura cristiana, utilizando la tecnología para hacer a gran escala, en maquinas, aquello que hicieron los pioneros de la fe de a uno en uno utilizando sus dedos: copiar. Pero los dueños de nuestra cultura, los que compraron los derechos al autor a cambio de dólares y contratos legales, nos intimidan para que no lo hagamos. Nos llaman ladrones y nos hacen sentir culpables.
Los primeros cristianos reprodujeron a mano las cartas de Pablo y copiaron el evangelio de Juan, gratuitamente. Está bien que copiaran el de Marcos, pues a fin de cuentas quizás era él un joven de posición acomodada, no necesitaba los royalties para comer caliente; pero a Pedro, ¡por favor!, era un pobre pescador, páguenle por su libro que se muere de hambre.
Hay bienes de primera necesidad que no se pueden manejar como si fueran lujos: el aire, el agua y las buenas noticias del evangelio deben ser libres. Coca-Cola Company, por ejemplo, comercializa el agua Dasani, pero no es agua como tal lo que están vendiendo, sino, una marca, una garantía de pureza y un embase de plástico con etiqueta azul. Ahora, si esa empresa de bebidas fuera la única fuente de agua disponible, si desaparecieran los océanos y se secaran los ríos, piratear agua para seguir viviendo no sería un delito. El mayor criminal es aquel que niega un vaso de agua, mucho más, si es aquella que salta para la vida eterna.
Que sigan vendido biblias con tapa de piel y cantos brillosos, vender el envase no es problema; que sigan produciendo cajitas de CDS con impresiones de primerísima calidad, fotos de los artistas como superestrellas y letras de las canciones incluidas. Ahora, el contenido mismo que transportan esos medios, las verdades del reino y la música que se supone provino de Dios, no le pertenece a nadie más que a sus destinatarios. El que llama ladrón al alma sedienta no es de Dios, no es un ministro ni es un siervo; es un industrial más, como Coca-Cola Company.
No creo que sea malo vender un trozo de papel, el que quiera pagar la edición de lujo de un libro con tapa rustica, papel satinado y fotito del escritor —aquí su servidor—, que la pague; pero el que quiera fotocopiar o leer en Internet, que lo siga haciendo. El que quiera vender que venda, pero que venda el medio, no el mensaje. Vender cajitas plásticas con un CD dentro no es malo; ahora, pretender cumplir la gran comisión a base de PPV (pague por ver), escuchar, o crecer, es otra cosa. No hay nada de malo en vender una Biblia, con bordes dorados y tapa en piel, lo incorrecto sería vender el mensaje de salvación documentado ahí dentro. Cada vez que un industrial cristiano se lamenta con su cliché: «están matando nuestra industria» o «están estrangulando el mercado», el reino florece y la cultura cristiana está más viva que nunca. Mientras ellos gritan por falta de aire el evangelio respira a todo pulmón.
Los industriales cristianos están pataleando porque temen que se vengan abajo las acciones de sus negocios —algunos «ministerios» cotizan en la bolsa de valores—. Yo creo que para ellos, sin son inteligentes, siempre habrá un mercado. Siempre habrá un consumidor, sediento de un portarretratos con versículos incrustados, un forro de Biblia con bordados cristianos o pececitos plateados de los que hacen la labor del crucifijo, para «identificar» el auto. Ahora, cuando llegue el dilema aquel de ganar dos dólares más por producto, para cerrar el año fiscal con ganancias, o tener veinte personas más en contando con las enseñanzas de Cristo, vía CD, libro o Biblia, compartir debería ganar de plano, aunque se enfaden los accionistas o presenten números rojos.
Para ser un escritor o cantante cristiano en estos tiempos se necesita desarrollar un doblepensar muy parecido al de 1984, el libro de George Orwell. Por un lado, hablar de alcanzar el mundo para Cristo, y por el otro, alcanzar rentabilidad en el negocio. Es como escribir Cristo con el signo de peso intercalado: Cri$to. Siempre hay buenos taglines para mantener la industria alcanzando beneficios y seguir sintiendo que se cumple un ministerio (evitar el sentimiento de culpa): «nuestra música impacta vidas», «nuestros libros fortalecen la iglesia» o «nuestra estrategia transforma comunidades, un 20% de aumento en la asistencia; garantizado». Impactar vidas por medio de los libro y compungir los corazones por medios de la alabanza; ahora, del otro lado, hay que mantener el elefante caminando, comprar leche y pañales para los niños y cambiar el auto cada dos años. Predicar y progresar, ese es el dilema.
En el mundo del libro, cuando un novelista habla de la crisis de la novela contemporánea, inmediatamente se supone que no le va bien con las ventas. Se queja porque no vende, dicen los demás. Supongo que sonaré igual ante los oídos de los que producen bestsellers cristianos o música de la que llega a las listas de billboards o gana Grammys. También me imagino que si yo dependiera de la venta de letras para comer caliente sería mucho más conformista y menos subversivo. Es muy fácil ser comunitario y hablar de compartir cultura cristiana, de gratis, cuando no se vive de ella. Y este es mi caso.
Todo lo que publico lo hago con una licencia que anima a copiar y compartir, ni siquiera hace falta pedirme permiso. La verdad es que al día de hoy hago esto solo por conversar, expresarme y cumplir mi ministerio. Vuelvo a mi duda inicial. Si mañana llega el hermano del maletín, del ministerio tal que cotiza en la Bolsa de Valores de New York, y me ofrece con argumentos cristianos venderme comercialmente y lanzarme al estrellado, sería una fuerte tentación. Fácilmente correría detrás de cada papel que haya dejado suelto por ahí, a rotularle una gran © con advertencias atemorizantes: «Si me copias te meto preso, ¡ladrón!». Repetiría como un loro las expresiones estándares de «la industria»: Son mis letras, Dios me las dio a mí.
No tendría problemas en dejar de ser amateur y pasar al circuito profesional, pero a cambio de llamar ladrón al hermano que me pirateé un libro o me lea sin pasar por la caja, prefiero seguir ganándome el pan haciendo software, como hasta ahora. Si usted quiere comer, no debe usar a Cristo como herramienta, use sus manos. Los siervos y ministros no viven del rendimiento de sus acciones en la bolsa de valores, viven de ofrendas. Si no llegan las ofrendas, póngase a trabajar, como hizo Pablo, quien tejió casitas de campaña para sostenerse él y sostener a sus compañeros de viaje. Los ministros también pueden sudar la frente de ocho a cinco, eso no los hace menos santos:
Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos. Por tanto, velad, acordándoos que por tres años, de noche y de día, no he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno. Y ahora, hermanos, os encomiendo a Dios, y a la palabra de su gracia, que tiene poder para sobreedificaros y daros herencia con todos los santificados. Ni plata ni oro ni vestido de nadie he codiciado. Antes vosotros sabéis que para lo que me ha sido necesario a mí y a los que están conmigo, estas manos me han servido.
Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios.
Además, si los tele-evangelistas levantan miles de dólares en ofrendas solo con poner en televisión una reunión multitudinaria de gente con las manos levantadas y lagrimas en los ojos, creo que al día de hoy Dios todavía pueden mantener sus proyectos y a sus obreros verdaderos sin tener que manipular a nadie. Es muy fácil escribir y cantar de dependencia y fe, para al levantar el lápiz o soltar el micrófono llamar ladrones a tus hermanos porque ponen en riesgo tus ganancias o tu próximo proyecto. Si me copian no podré grabar otro CD, dice un cantante preocupado. ¡Caramba!, que grande es su fe. ¿Dónde quedó aquello de «Dios al que manda respalda»?
Si escribir tu libro fue un gran sacrificio lee las historias de persecución en la China comunista, allí no hay Biblias y los hermanos transcriben los versículos artesanalmente donde puedan hacerlo (un trozo de papel, el borde de un periódico o en las manos; me imagino). Allí, miles de piratas y copiones ponen en riesgo su vida a cada momento. Ser sorprendido con una transcripción manual de Juan 3:16 significa la muerte. Es muy cómodo acusar a los hermanos Chinos de ladrones o piratas cuando nosotros escribimos en Word, desde una laptop, con una limonada al lado.
Los que más daño le hacen a la cultura cristiana no son aquellos que escriben libros diciendo que tuvieron doce días en el infierno o los que cantan canciones sin contenido solo por ser populares, sino, los que viven de ella como vivían los mercaderes del templo: a base de pague por ver, escuchar u ofrecer sacrificios. Estas palabras sonaran extrañas y extemporáneas a los oídos de los mercaderes de la fe, tan acostumbrados ya al vocabulario actual de costos, ganancias y beneficios; pero esto es el evangelio, una locura, y con locos no se hacen negocios.
Rafáel Perez Junior cristiano de 23 años es de República Dominicana, y es el creador de Jesus.com.do un espacio personal donde publica desde 1999 artículos de reflexión cristiana, temas generales y su punto de vista acerca del cristianismo actual.







0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home